Teología de la calle

Sacerdotes y religiosas rompieron el molde y se fueron a las fábricas, fortaleciendo los sindicatos y los movimientos barriales. Como pocas veces, el sacerdocio no se ejerció para dar un sermón y el milagro se hizo común.

11/05/2021
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En 1979 un periódico influyente de Caracas –El Nacional- publicó una fotografía que mostraba la protesta de un grupo de trabajadores en una fábrica textilera de Maracay. Era una nota en una página interior, casi irrelevante. A los tres días la policía política –la Disip- irrumpió en la puerta de uno de los fotografiados. Apenas pudo recoger algo. No pudo llamar a nadie, dijeron los vecinos testigos. Lo llevaron directamente al aeropuerto de Maiquetía, lo subieron al primer avión y lo expulsaron del país. Era sacerdote católico, extranjero y trabajaba en esa empresa como parte de una misión de trabajo político.

 

Le aplicaron el antiguo método del ostracismo y le desconocieron sus derechos. No faltaba más. Lo mismo que le hicieron al Padre Francisco Wuytack, otro cura católico que promovió una intensa labor social y política en las comunidades del oeste de Caracas. Le decían el cura de La Vega. Igual, el primer gobierno del socialcristiano Rafael Caldera, en 1972, lo declaró persona no grata por “subversivo” y lo sacó del país. Había llegado en 1966 como sacerdote obrero, pero la deriva de aquellos años lo sembró en La Vega, donde organizó a la comunidad por el agua, una escuela, por calles y escaleras; creó, entre otras cosas, el teatro callejero. “Cada vez éramos más rebeldes y menos pobres”, dijo en una entrevista.

 

II

 

Cuando Antonio Sánchez se bajó del avión, en el aeropuerto internacional de Maiquetía, tenía los antecedentes de un país en el que aparentemente no pasaba nada, según las agencias internacionales y empresas de comunicación ligadas a las corporaciones petroleras, pero donde había habido guerrillas, campos de tortura o teatro de operaciones, según el eufemismo oficial. Se allanaba una vivienda, sin orden ni concierto. La policía disparaba primero, averiguaba después. Era difícil conseguir un cupo en la universidad. La Constitución era una palabra más. “Se acata pero no se cumple”, decía cualquier personero militar o policial.

 

En aquel mapamundi de la década de los 80, Antonio, recién llegado, empezó a situarse, tratando de entender un movimiento popular que buscaba alternativas de organización social y política. Vino de Chile donde no había margen para una labor de búsqueda de la justicia aquí en la tierra, porque la dictadura de Pinochet había impuesto el silencio opresivo, a fuego. Cualquier palabra te delataba. Una detención te convertía en candidato a ser asesinado y desaparecido.

 

Era sacerdote católico, con pasaporte español pero con un horizonte claro de justicia y fraternidad.

 

En Ciudad Guayana, ese río de pueblo que forman San Félix y Puerto Ordaz, lo esperaban varios hermanos suyos, de la militancia obrera, y quizás de la fe. Habían militantes cristianos, sacerdotes varios, con orígenes diversos: Bélgica, Holanda, España y Francia. Había tres hermanas religiosas participantes activas de aquel movimiento y todavía más, activistas y ex activistas de la Juventud Obrera Católica, la JOC, y de otros movimientos ligados a la iglesia. David Hernández era de la JOC, trabajador de Sidor, con amplio recorrido en la organización de trabajadores, en otras ciudades de Venezuela y fuera del país. Mientras se mantuvo en la fábrica supo preservarse; cuidarse, advertir y proteger al colectivo. Como él, muchos otros activistas, estudiosos y experimentados en la lucha en el mundo fabril.

 

Antonio Sánchez buscó trabajo y lo consiguió de inmediato. Tenía formación y condiciones. Un día se apareció ante los suyos como un orgulloso portador de un carnet, que lo acreditaba como obrero de Sidor. Pero él sabía en lo que andaba y lo que le esperaba. No estaba para exhibirse, ni cometer el error de mostrarse sosteniendo una pancarta, ni ser portavoz. Lo suyo era un trabajo de siembra, para usar la metáfora agrícola.

 

En medio de aquel inmenso movimiento de trabajadores de Guayana, él y los suyos tenían que pasar inadvertidos y clandestinos, haciendo lo imposible para que la palabra justa se dijera y prendiera, organizara y movilizara. Ese era un asunto urgente y necesario para levantar un movimiento esperanzado, pero sobretodo organizado, alternativo, irreverente y rebelde.

 

III

 

A principios de la década del 80, se mantenía el eco de la “Gran Venezuela” anunciada por Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno. Buena parte de ese programa tenía a Guayana como epicentro, en donde se prometía el relanzamiento industrial. Eran días para la grandilocuencia: el plan IV de Sidor, los megaproyectos del aluminio (Alcasa, Venalum, Bauxiven) y el segundo puente sobre el río Orinoco –que se construyó 25 años después-. Venezuela despegaría con esa infraestructura industrial.

 

Con esa inversión y esa promesa, Guayana se convirtió en lugar de peregrinaje. Llegaron contingentes de miles de trabajadores de los pueblos de oriente, y de los países vecinos –brasileños, peruanos, colombianos, ecuatorianos-. Venían de ser pescadores y agricultores; llegaban atraídos por ese nuevo mundo.

 

Los suramericanos dejaban atrás a sus países con economías empobrecidas y algunos con experiencia política o sindical, acosados y perseguidos. Había técnicos y profesionales. Algunos formaron sus propias comunidades y barrios. En aquella ebullición insurge un movimiento obrero y social renovado, que desafiaba a la antigua mafia sindical de los partidos del sistema -AD y Copei-, y la central obrera –CTV-.

 

Es en ese contexto que se multiplican las publicaciones obreras de izquierda. Alfredo Maneiro funda el movimiento de los Matanceros, que después devino en La Causa R. La Liga Socialista, GAR y CLP establecen vínculos con grupos de trabajadores.

 

Es en ese movimiento creado por movilizaciones, diálogo y debate, en ese caldero de ideas, que estos sacerdotes y religiosas, teólogos y teólogas de la liberación a su manera, rompen el molde y se van a las fábricas de hierro, siderurgia y bauxita, acero y aluminio, y allí son compañeros de jornadas de trabajo y de sancochos; de parrandas y de amores; de socialismo y de planes de organización, fortaleciendo los sindicatos y los movimientos barriales de Guayana. Como pocas veces, el sacerdocio no se ejerció para dar un sermón. El milagro se hizo común.

 

Antonio Sánchez se quedó en Guayana. En una ocasión viajó a España y de regreso contó que estando allá con su familia, descubrió que su lugar en el mundo estaba en el trópico guayanés. Pudieron más la fuerza telúrica, el río y la leyenda de la .


Orlando Villalobos Finol es periodista y profesor de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia.


 

https://www.alainet.org/es/articulo/212199

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