Un país inteligente…

11/12/2020
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Foto: https://www.energiaestrategica.com
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Siempre se señala que un rasgo no constituye una constelación, un sistema, pero cuando ese rasgo se reitera, entonces sí, se empieza a contornear o tomar cuerpo, un sistema, de ideas, de comportamientos, de actitudes.

 

En Uruguay, en medio de ciertos orgullos nacionales legítimos –violencia relativamente baja, instancias de control ciudadano con cierto funcionamiento, limpieza electoral, un fútbol que constituyó caso único en el mundo de país tan chico con trofeos tan grandes, y entiendo que paralelamente el mismo fenómeno se ha dado con las letras.

 

Pero al lado de tales rasgos, advertimos una creciente dependencia cultural, política, económica nuestra que sólo crece en el torrente de la globalización planetaria.

 

No estábamos bien con el latifundio, que se adueñó del paisito desmontando durante todo el siglo XIX aquel reparto de tierras de Artigas de principios del ese siglo. En lugar de “suertes de estancia” para los menos privilegiados, el país se repartió con mucha tierra para pocos y rancheríos para el resto. Lo que sociólogos acríticos llamaran con mal disimulado desprecio ”pueblos de ratas”.

 

Esa estructura territorial a la cual el batllismo, pese a su prédica progresista, poca mella le hizo, fue desmoronándose mientras el país pasaba de proveedor de carnes a Inglaterra a la esfera geopolítica estadounidense siguiendo la política neocolonial del batllismo. Estamos a mediados del s XX.

 

Los “pobres del campo”, ante un régimen latifundista, expulsivo, abandonaban los campos para dar lugar a los “cantegriles” urbanos.

 

Así, la ganadería y la escasa agricultura tradicional dio lugar a la agroindustria. Ahora, los grandes consorcios agropecuarios iban a resolver, por fin, la cuestión agraria. Con plásticos y agrotóxicos, remedando la actividad agropecuaria de EE.UU.

 

La penetración ahora neocolonial −estamos ya avanzando la segunda mitad del s XX− va a ser mucho más profunda: las empresas crecientemente transnacionales ya no se limitan a llevarse el producido sino que empiezan a adueñarse de los campos para orientar la producción, cada vez más extranjerizada.

 

A este fenómeno de despojo se le llamará modernización. Algo santificante. Que en sus últimas fases, gusta llamarse, a sí misma, “agricultura inteligente”.

 

Instructiva autodenominación. Que presupone que los campesinos de antes no eran inteligentes o que eran directamente estúpidos.

 

Esta nueva “ruralidad” ralea más todavía a la población rural y convierte a los trabajadores rurales en foráneos en sus sitios laborales; porque se suben el tractor, al avión, al mosquito, a la segadora, trabajan sus ocho horas y se vuelven a la ciudad.

 

Esta modalidad se caracteriza porque contamina todo. Es lo que saben los maestros y maestras rurales y los campesinos pobres que siguieron atados a su terruño. Y lo sabemos todos, porque en Uruguay, por ejemplo, el agua de ríos, arroyos, cañadas, ya no es potable; peor aún, intoxica, envenena.

 

Ésa es la “agricultura inteligente” que campea hoy en “nuestros” campos (lo de nuestros es una figura retórica). La soja y las plantaciones para procesar celulosa, el maíz, transgénico, siguen esas pautas, agroindustriales. Arrinconando a la agricultura tradicional que, a gatas sobrevive por la resistencia –de plantadores orgánicos, biodinámicos, pequeños agricultores ecológicos, campesinos tradicionales que optan por estiércol en lugar de fertilizantes−. La agroindustria, la que campea en todo el mundillo institucional, el oficial y el mediático, sigue las mismas pautas. De envenenamiento. A eso se le llama agricultura inteligente.

 

Pero nuestro país tiene, con orgullo, al menos oficial, energía inteligente. ¿Y qué es energía inteligente?

 

Otra vez un calificativo que desmerece lo hecho hasta entonces. Como algo necesariamente no inteligente. Una cierta presuntuosidad presentista.

 

En el caso que nos ocupa, ahora UTE; nuestra compañía nacional de energía eléctrica, se trata de la incorporación de determinados instrumentos y herramientas; blockchain y Smart Grids, que, podemos intuir por sus denominaciones no son precisamente de origen nacional (designados en el idioma materno de los amos; la lingua franca de los sometidos). Instrumentos entonces inteligentes en todo caso ajenos.

 

Blockchain aparenta ser una “simplificación” salteando funciones bancarias tradicionales, eso sí, al costo de un enorme dispendio energético y organizativo. Y Smart Grids (enrejados inteligentes) es un instrumento para actualizar blockchains.

 

Ya estamos acostumbrados a considerar aporte inteligente el aplicado al uso de adelantos tecnológicos. Lo que en todo caso preocupa es que estos “adelantos” están concebidos para aplicar a “grandes clientes”, a quienes se les proyecta reducciones de tarifa “de hasta 60%” respecto de la tarifa habitual (de alguna ventaja o rebaja para los no-grandes clientes, ni una palabra).

 

Otra vez, como con la agricultura, lo inteligente parece concebido para los grandes capitales…

 

Hay que ser conscientes que, si los adelantos “inteligentes” son pensados para grandes consumidores, no andamos bien.

 

Pero el gobierno “avanza” más todavía… en el mismo sentido. Proyecta iniciar el tendido de 300 km de línea de alta tensión para poner a disposición… de UPM.

 

Para lo cual, ya nos están avisando, UTE proyecta un aumento.

 

Como si la tarifa fuera baja, su presidenta, Silvia Emaldi, tiene la desfachatez de “adelantar” el estudio de un aumento de tarifas, “probablemente a partir de enero”. 1

 

Emaldi aclaró que se trata de una “obra importante”, que llevará unos 3 años y costará 200 millones de dólares.

 

Observe el deshauciado lector que dicha red va a ser para proveerle electricidad a UPM y para que UPM coloque la producción eléctrica sobrante de su procesamiento. Que será ganancia extra para UPM (con tarifa asegurada de antemano, que seguramente va a ser más alta de la que después pueda cobrar el estado uruguayo para recolocarla… hay antecedentes al respecto).

 

El consumidor uruguayo debe pagar una tarifa eléctrica de las más altas que se conoce, y cuando se habla de ahorros y abaratamientos es para grandes empresarios multimillonarios y no para población esquilmada… ¿no parece mucho?

 

Porque ni siquiera en esta inversión, señalada con descaro por Emaldi, UPM paga. ¡Qué generosidad la del mejor ministro de Finanzas del mundo!,2 y de los presidentes más progresistas que tuvo el país! ¡Y que la actual presidencia se ha apresurado a mantener, pese a la existencia de causal refrendada por el mismo contrato de anulación o suspensión en caso de pandemia!

 

Es que hay quienes para servir a las grandes finanzas mundiales no se fijan ni se detienen en las dificultades… ajenas.

 

Ni reparan en ellas, aunque el planeta que habitamos −desde gigabillonarios hasta quienes apenas consiguen un mendrugo− se esté yendo al mismísimo infierno.

 

“Gracias” a una tecnificación autista que repara en la naturaleza únicamente como recurso económico, gracias al calentamiento global, gracias a los desperdicios que “producimos”.

 

Todo ello impulsado por la agroindustria y el consumismo desenfrenado. Ni siquiera ese futuro cada vez más cercano parece afectarlos. Cuentan que van a surfear esta ola.

 

-Luis E. Sabini Fernández es docente del área de Ecología y DD.HH. de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, periodista y editor de Futuros. http://revistafuturos.noblogs.org/

 

 

 

1 Reproducido por la diaria, de Radio Mundo, 24 nov. 2020.

2 Distinción otorgada por el Financial Times a Danilo Astori, 2018.

 

 

https://www.alainet.org/es/articulo/210158
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