Responsabilidad y ética colectivas como elementos de emancipación

Siendo la exclusión una cuestión “normal”, la lógica capitalista también lo sería hasta el punto de verse a sus “triunfadores” como una élite bendecida por la providencia.

22/07/2021
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Las identidades colectivas y la homogeneidad cultural -asociadas generalmente a la tierra, grupos étnicos y, en algunos casos, a religiones- han sido sacudidas por la irrupción de resentimientos, intolerancia e intereses individuales que tienden a fragmentar lo que, hasta ahora, ya sea en Estados Unidos, Colombia, Venezuela o Cuba, se dio en llamar el orden establecido. Ahora es cosa común que la razón (raciocinio para algunos) esté sometida a una coacción constante, en ocasiones, banal, de parte de quienes se han erigido como paladines de una ideología dominante excluyente, con la cual se pretende silenciar, ridiculizar y erradicar todo tipo de expresión contraria, aún aquella basada en los valores de tal ideología, como lo es el derecho a la igualdad.

 

Ya no es simplemente la acción de los diversos grupos gobernantes, recurriendo a mecanismos como la represión y la guerra para asegurar su dominio pleno o control social sobre las mayorías. En la actualidad, ésta es acompañada (a veces, desplazada) por el uso de tecnologías sofisticadas en el área comunicacional que afectan la credibilidad de gobiernos, movimientos y personas, de modo que se polariza la opinión pública, impidiéndose que la verdad sea conocida de manera plena. Ésto tiene, como se puede comprobar, sus efectos en todo el conjunto social, a tal punto que poco importa la ética y la moral, siempre y cuando se alcance el éxito individual.

 

En relación con esto último, la creciente disminución de responsabilidad moral se ha convertido en la norma y la rutina de muchas personas alrededor del mundo, la mayoría de las cuales se hallan sometidas, principalmente, a los vaivenes económicos que hacen precarias sus existencias. Lo que explicaría, en parte, el por qué de sus actitudes al optar por su propio bienestar y no por lo que pudiera hacerse en beneficio de los demás; lo que repercute en la instauración de un individualismo extremo en detrimento de la comunidad como sentido de pertenencia.

 

En tal sentido, Zygmunt Bauman, en “Ética posmoderna”, señala que «el proceso se autoimpulsa y acelera: la nueva perspectiva conduce al deterioro irremediable de los servicios colectivos —calidad de servicios públicos de salud y educación, de lo que queda de vivienda o transporte públicos—, e insta a quienes pueden pagarlo a abandonar los beneficios colectivos, un acto que en última instancia significa, tarde o temprano, pagar por abandonar la responsabilidad colectiva».

 

Así, ante la perspectiva de la supervivencia común frente a una amenaza cualquiera se elige la supervivencia individual, no importando si esta elección perjudica o no a una nación, a un territorio o a un grupo de personas en particular. Hay, en consecuencia, una inversión de valores que atenta contra la tradicionalmente conocida estabilidad social, especialmente en cuanto a lo que simboliza la familia y la comunidad. Lo que más importa para muchas personas no es tanto lo que se desarrolle o no la nación en que han nacido o viven. Para éstas, lo fundamental es el beneficio propio, a pesar de las creencias religiosas o políticas que profesen. Ello ha incidido, de una u otra manera, en la actitud asumida por las nuevas generaciones, escasamente preocupadas por su futuro e ignorantes conscientes (valga la contradicción) de su pasado; justamente lo que más propicia que se mantenga y se expanda la hegemonía de los sectores dominantes.

 

Ésto, a su vez, se encamina a una reconfiguración geopolítica, sobre todo, en nuestra América; lo que pocos podrían rebatir del todo cuando se observan y analizan los diversos acontecimientos que tienen lugar al sur del Río Bravo. El dinamismo impuesto por los avances en los campos de la ciencia y la tecnología ha hecho posible que esté en marcha una disolución de las fronteras, cuestión que comenzara a evidenciarse con los continuos y crecientes flujos de migrantes que atraviesan Europa, provenientes de la periferia africana, o, en el caso de nuestra América, desde el sur hacia Estados Unidos, sin obviar el penoso transitar de venezolanos a países sudamericanos donde son víctimas de la xenofobia trasnochada de algunos sectores.

 

Esta nueva realidad -ajustada a los propósitos del capitalismo neoliberal- en vez de propiciar una visión de conjunto de la humanidad sobre sí misma y los grandes retos que ella supone respecto a su futuro común, impone una seria amenaza a la libertad individual, a pesar de enaltecerse como la cúspide del desarrollo humano, impidiendo y negando el derecho a la diversidad; buscando una asimilación similar a la padecida por nuestros pueblos originarios. «La diversidad -en análisis del filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han- solo permite diferencias que estén en conformidad con el sistema»; lo que explica el por qué esta diversidad es discriminatoria en relación a la identidad y los valores étnico-culturales del resto de los pueblos de la Tierra, reafirmándose la concepción «civilizadora» del eurocentrismo, encarnada desde hace dos siglos por Estados Unidos. 

 

No obstante lo anterior, muchos consideran -algo ingenuamente- que todos los seres humanos poseemos las mismas habilidades por naturaleza y que solo bastará con su determinación particular para desarrollar el potencial de cada uno, pero no se considera que estas capacidades distintas son productos, generalmente, del ambiente en que se vive. En ello subyace el principio de la desigualdad, lo que legitima el hecho que exista una profunda brecha entre ricos y pobres o entre gobernantes y gobernados que, para los efectos, resultaría lo mismo. Siendo la exclusión una cuestión normal, la lógica capitalista también lo sería hasta el punto de verse a sus “triunfadores” como una élite bendecida por la providencia mientras el resto sufriría, como castigo divino, las consecuencias de su indolencia. Esto tendrá, por lógica, sus implicaciones a nivel moral y ético, imponiendo la necesidad histórica de una transformación estructural en la cual tenga cabida la participación y el protagonismo populares, de modo que no sea una simple ilusión la posibilidad de alcanzar una emancipación plena y duradera para todas y todos.

 

https://www.alainet.org/es/articulo/213175
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