Coronavirus:

Una civilización en la encrucijada del caos capitalista o el retorno a la Naturaleza

03/06/2020
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El planeta entero se debate entre el caos y el equilibrio, entre la distopía y los horizontes posibles.

 

Mientras más notoriedad adquiere el coronavirus como vector del caos en su avance exponencial en un mundo globalizado e injusto, más pareciera obnubilar la gravedad de otras crisis que hemos señalado como síntomas de una enfermedad mortal: la erosión de los bienes comunes, la crisis climática y la alarmante pérdida de biodiversidad, el desplazamiento de grandes masas sociales hacia la precariedad, la exacerbación de las violencias y de la violencia patriarcal, en suma… el sacrificio humano y de la naturaleza para la concentración de riqueza en muy pocas manos.

 

La disrupción del covid19, sin embargo, no es un evento aislado ni diferente del capitalismo global, es su continuación y la deriva consecuente de su quiebre con la naturaleza. La crisis del coronavirus se suma y mimetiza con otras de orden sistémico, devela y profundiza las injusticias y las brechas sociales que la civilización capitalista ha creado en nuestros territorios y en nuestros cuerpos con un efecto acumulado en al menos cinco siglos de patrones de producción, comercio, consumo y ocupación territorial insostenibles. Esta crisis se inscribe en la realidad del Capitaloceno[1], nuevo estadio del planeta dominado por la especie humana bajo el yugo del capitalismo globalizado, de la colonización y del patriarcado enfilados hacia la cosificación, mercantilización y despojo de todo lo existente.

 

La ruta del capitalismo del desastre al capitalismo del caos deja su huella en el cuerpo del mundo y en nuestros cuerpos, quiebra los vínculos primigenios de la interdependencia y la colaboración. La tierra, sus capas profundas, sus bosques, el agua, el aire, la atmósfera, el espacio que la rodea y hasta la luna están inundados de estas marcas cual heridas y cicatrices. Es esta realidad material la que está dando marco a la pandemia del coronavirus que hoy amplifica los impactos del capitalismo moderno a gran escala poniendo a flor de piel y con la mayor brutalidad el filo de la navaja.

 

Esto determina un escenario crítico en particular para los más pobres, para los más vulnerables, para los seres humanos ubicados en la periferia, para los sectores depauperados del norte y del sur, para el Sur Global. Aunque es la primera vez que esferas más altas de la sociedad están amenazadas, las desigualdades se amplifican de manera dramática.

 

¿El fin del capitalismo?

 

Mucho se ha dicho que esta crisis podría dar fin con el capitalismo. El colapso de las cadenas productivas y de consumo, de los nichos de acumulación dados por las ventajas comparativas de la globalización detiene la maquinaria momentáneamente. En pocas semanas de cuarentena, China había bajado un 25% de sus emisiones domésticas, equivalentes a un 9% de las emisiones mundiales según informes de analistas especializados[2]. Situaciones semejantes de ralentización económica y de consumo de energía fósil se han dado en cientos de otras ciudades, países y regiones donde la reducción de la actividad está derivando en una reducción de la polución del aire y hasta el retorno de especies animales a las ciudades vacías de un mundo en confinamiento.

 

Todo esto da la idea de que podríamos recuperar el camino perdido rápidamente y que el capitalismo estaría encontrando su fin para dar lugar a una sociedad reconciliada con la naturaleza, como algunos filósofos y analistas han querido anticipar muy entusiastas[3].

 

Pero la expectativa del fin del capitalismo no puede dejar de ponerse en la piel de quienes están sufriendo y conteniendo en primera línea la pandemia que ha hecho cuerpo en los más vulnerables, los más pobres, los ancianos, las mujeres, los pueblos indígenas. No puede abstraerse de la realidad cotidiana de las trabajadoras y trabajadores en salud de todo el mundo, ni de las personas encargadas de recoger los cuerpos abatidos por la pandemia. No puede dejar de pensarse en quienes con su esfuerzo están sosteniendo las cadenas de trabajo y producción para la vida –alimentos, saneamiento, limpieza, energía- muchos de ellos sometidos a jerarquías patronales y estatales déspotas. No se puede dejar de pensar en los pueblos desplazados de sus tierras por la catástrofe climática, por las guerras, la falta de agua y tierra cultivable… Es decir, los grupos humanos que las propias élites financieras y políticas han colocado en la precariedad con un mensaje que parecen repetir con sus acciones y decisiones políticas: “hay vidas de las que podemos prescindir”.

 

Alentar la esperanza de una transformación, no puede perder de vista las relaciones de poder y la capacidad de las élites de protegerse y profundizar el despojo para salvar su pellejo. Ni que ello se da en el marco de un nuevo paradigma, el del Capitaloceno, nueva era planetaria en que las clases dominantes pueden “convivir” con la destrucción, la injusticia y el caos profundizándolo hasta la aberración.

 

La expectativa de que la sociedad se transforme no puede descansar en la ilusión de que se están reduciendo las emisiones y se está recuperando la atmósfera cuando –según análisis– apenas podrían disminuir 5% en 2020[4] por la crisis del COVID19, lo que es insuficiente para la escala de destrucción que genera el metabolismo capitalista; según el acuerdo de Paris, deberíamos reducir al menos 7.5% de las emisiones anuales por 10 años continuos junto a medidas extraordinarias de transición y cambio de patrones de consumo energético, lo cual no se está haciendo. El coronavirus nos interpela, pero no va a detener el ecocidio que persiste con los mismos modelos de hiperproducción, sobre consumo y aceleración que se está produciendo simultáneamente ahora, a menos que las sociedades lo decidan y actúen para ello.

 

Si bien esta crisis ha colocado en primer plano la perspectiva de la Naturaleza y nos ha recordado el lugar que ocupamos en el sistema tierra del que hemos abusado de manera inclemente, nos está mostrando también la complejidad del desafío que pasa por asumir la dimensión política de la restauración de la justicia y la solidaridad en las relaciones humanas para sanar la Naturaleza. Sobre todo porque nos recuerda que debemos descolonizar nuestras propias mentes para acabar con los cautiverios que nos ha impuesto el capital.

 

Pensar una salida política, feminista y ecologista a esta crisis civilizatoria no puede concebirse en la abstracción, tiene que partir de procesar un “duelo” colectivo” (Butler, 2002) [5] como uno de los lugares desde donde “situar” la comprensión de esta nueva realidad planetaria. Es decir, “adoptar la vulnerabilidad” y la interdependencia como puntos de partida desde los cuerpos biológicos y sociales hasta la tierra sufriente y herida. Porque será desde allí que descubriremos las fortalezas, la esperanza… los horizontes posibles.

 

Dimensiones del conflicto capital – vida

 

La crisis del coronavirus ha puesto en carne viva el conflicto capital–vida. Hoy se juega y devela con todas sus consecuencias la tensión entre la dinámica de los tejidos de la reproducción de la vida en oposición a la esencia del capitalismo neoliberal que ya no puede ofrecer a la humanidad ni al planeta ni prosperidad ni bienestar. Esta crisis emblemática deja entrever otras disrupciones sumergidas por el lobby corporativo y político –negacionismo de pantalla– que agita sus argumentos mientras se blinda con seguridades financieras, tecnológicas, políticas y militares[6] erosionando los derechos humanos y de la naturaleza sistemáticamente.

 

Las reacciones retardadas y controversiales de muchos líderes políticos de los gobiernos al explicitar sin sonrojarse el “dilema” entre “o salvar la economía o salvar las vidas humanas” señalan el fondo de la disputa.

 

Si bien es cierto que algunos gobiernos están invirtiendo significativamente para proteger (dinero que antes no invirtieron en los pobres), las consecuencias de la desregulación impulsada por el neoliberalismo en las últimas décadas en muchos países han significado el desmantelamiento de los sistemas de salud y otros bienes públicos fundamentales lo que nos ha hecho mas vulnerables. Junto a ello –y en plena crisis– los planes de rescate corporativo y las nuevas formas de circulación de mercancías en la pandemia, no se han dejado esperar, creando nuevas rutas y reconversiones selladas por el ADN capitalista[7]. En muchos casos han sido precisamente las exigencias patronales de “seguir produciendo” en sectores no prioritarios, las que han provocado la agudización de los contagios y la crisis sanitaria.

 

Esta pandemia ha detenido algunas cadenas y nichos de acumulación del capital y amenaza tangiblemente a las esferas más altas de la sociedad, pero ha activado lo que Maristella Svampa caracteriza como un Leviatán Sanitario[8] –que recupera el concepto de Hobbes en alusión a los escenarios de control estatal que se habían analizado para enfrentar el cambio climático[9]–. Un Leviatán que hoy se propone una restitución del orden capitalista desde la emergencia sanitaria, en mi punto de vista, bajo formas políticas de “confinamiento” – “desconfinamiento” que fragmenta el cuerpo social y político, que dispersa la multitud y al mismo tiempo asegura la plena libertad de los “lobbies” corporativos para rediseñar las economías del mundo “post coronavirus”.

 

Panorama crítico de recorte de libertades civiles acompañado de una narrativa de salud dicotómica que opone “salud–enfermedad” bajo un paradigma centrado en el hospital, el paciente, el virus, el poder del saber tecnológico y científico, la salvación de la vacuna que se presenta hoy como el centro de la razón científica moderna. Aunque es absolutamente valorable la respuesta que están haciendo los servicios muchas veces en condiciones adversas, de falta de materiales y precariedad, el abordaje sociopolítico nos permite ver que este modelo “enfocado en el virus” puede excluir una perspectiva holística de las interconexiones con la salud del planeta. El modelo de salud dominante “biomédico” emergente del dualismo cartesiano, excluye del mapa cognitivo las causas ecológicas, sociales y económicas de la crisis, su orden sistémico, la interconexión de la salud humana con la salud planetaria y restringe la posibilidad de una mayor participación/colaboración de la sociedad y del reconocimiento de los saberes sociales, los saberes femeninos, comunitarios y populares de solidaridad y gestión de las crisis que –de hecho– son los que han salvado a la humanidad innumerables veces en la historia.

 

Junto a ello, el surgimiento de una base social ultraderechista de grupos desperdigados por el mundo, como las acciones supremacistas callejeras “anti confinamiento” que han tenido apoyo explícito de Trump en EEUU y Bolsonaro en Brasil, y que hacen eco de aspiraciones de empresarios como Elon Musk y otros que claman por el desconfinamiento apelando a la “libertad del mercado”. Un capitalismo financiero que ha aprendido a montarse sobre sus propias crisis para restituirse con su “doctrina del Shock”[10] se erige nuevamente. Como bien dice Emiliano Terán del Observatorio de Ecología Política de Venezuela: la crisis del coronavirus “deja al desnudo los simulacros del poder”[11].

 

Así, el mundo “post coronavirus” es ya el mundo que estamos viviendo. La “reconfiguración" –que ya ha comenzado– está visibilizando las pugnas al interior de los grupos dominantes y puede ser brutalmente capitalista en lugar de viabilizar la ansiada transición que se incline a la “reducción de las desigualdades” y la “sostenibilidad de los ecosistemas” o, más aún, hacia un cambio de paradigma civilizatorio que vuelve a ponerse en la mesa de debate, esta vez globalmente, una urgencia y necesidad inéditas.

 

Los horizontes de una transición social, o de un “salto” civilizatorio, como nos lo ha mostrado metafóricamente un virus, sólo es posible si somos capaces de generar un tejido social y una subjetividad que pueda responder a la injusticia y las lógicas del poder en este nuevo contexto. Hay que interpelar al poder cuanto antes para demandar justicia y cuidado de la vida, exigirle reconectar con la naturaleza asumiendo el carácter holístico, interdependiente de nuestra condición humana pues las verdaderas causas de esta pandemia residen en el despojo ecocida que ha propiciado el capitalismo del caos.

 

Algunas alternativas emergentes

 

Los virus –que existen por billones en el planeta– “saltan” a la especie humana en circunstancias particulares para alojarse en un huésped donde se tornan patógenos. En la medida en que se pierde la biodiversidad se están creando circunstancias apropiadas para que surjan nuevos que lleguen a la especie humana y a otras especies pues las barreras de la biodiversidad ecológica se están degradando. Estas “condiciones” proclives para el surgimiento de estos y otros vectores de plagas y enfermedades son construidas; la pérdida de bosques y ecosistemas producen cambios que abren la posibilidad de estos llamados “desequilibrios” patogénicos como ha señalado un extenso informe del WWF recientemente[12]. El cambio climático y la pérdida de biodiversidad son dos crisis que están llevando rápidamente a estos escenarios.

 

Este tipo de virus, cada vez mas frecuentes, han dado origen a enfermedades de enorme impacto social en las últimas décadas: la SARS “gripe aviar” H5N1 (2002-3), la “gripe porcina” H1N1 (2009), el MERS-CoV (Síndrome Respiratorio de Medio Oriente (2012), el ébola (2013), habiéndose producido algunos de ellos en circunstancias vinculadas a la producción industrial de alimentos[13] como ha señalado pertinentemente Silvia Ribeiro del ETC.

 

El salto de un virus… ha hecho “saltar” a la civilización a un tiempo y espacio político que obliga a pensar en la desposesión de la naturaleza y su relación con la injusticia humana como dos fenómenos articulados. Está abriendo en el campo del conocimiento una posibilidad de entender la contradicción, la paradoja, la interdependencia, la cualidad holística del sistema tierra.

 

Ante la enorme complejidad e injusticia que se ha develado, tenemos que tejer formas de interpelación complejas, auto reflexivas, acordes con el momento que vivimos que está inundado de paradojas en clave “oxímoron” (término usado por Boris Cyrulnik[14]) que reúne significados contrapuestos para dar lugar a uno nuevo, como signo de un momento histórico que nos hace transitar la incertidumbre, la dialéctica de la complejidad para crear algo nuevo. Hoy se ha colocado en vigencia –como nunca antes– la perspectiva de la Naturaleza y nuestra relación con ella para actuar sabiendo que nuestra acción puede ser sustantiva. Es desde allí que queremos desarrollar una praxis y una narrativa que supere la crisis de sentido que nos asedia. Resistir desde el paradigma relacional, desde la vulnerabilidad y la interdependencia humana.

 

Una epistemología diferente para salir de la lógica del mercado y en su lugar mirar/sentir “sentir/pensar”[15] el mundo desde el pangolín, desde el murciélago, desde el bosque, desde el agua, desde la tierra húmeda de la que brota una brizna de vida, desde el día a día del confinamiento, desde el día a día de los pueblos donde la muerte, el dolor y sufrimiento en soledad se vuelve común, se conmueve y conmueve a otros para romper con el individualismo a que nos quiere conducir el paradigma dominante/agonizante del capital. Desde la complejidad de un virus que “salta” a un huésped humano porque la “frontera” en que habita es la frontera del despojo y no le brinda alternativa.

 

Y aquí quiero rescatar la noción cuerpo–territorio que se reflexiona desde los ecofeminismos de América Latina; los cuerpos como nuestro primer  territorio[16] (Ivone Guebara) como un lugar desde el cual se puede resistir, construir autonomías y tejer comunidad, y desde donde se puede articular la conexión con un territorio mayor. Las prácticas políticas de los feminismos han tejido estos lazos ante el feminicidio y han politizado el dolor para convertirlo en una agenda autónoma propia. Es posible construir un cuerpo extendido con la Naturaleza para desmontar la falacia del mercado hecha de tiempos y prioridades extractivistas y patriarcales.

 

La mirada desde el territorio, permite partir desde los tejidos que sostienen la vida, desde los seres humanos capaces de colaborar y establecer lazos de convivialidad democrática, lógicas de justicia ambiental, humana. Estas perspectivas tendrán que inundar nuestros argumentos pues proporcionan una “punta del ovillo” para re significar este momento histórico mas allá de los moldes que la modernidad capitalista pretende imponer en los imaginarios sociales en medio del miedo y el autoritarismo estatal para reeditar el “business as usual”.

 

Es ahora, en este umbral crítico, este “espacio frontera”[17] de despojo de la naturaleza, cuando estas nuevas miradas empiezan a madurar y encuentran en millones de personas la posibilidad de contarse esta historia de otro modo. La construcción de un nuevo sentido común frente al capitaloceno se da en condiciones extraordinarias: cuando –a pesar de las violencias– se ha despertado un interés colectivo inédito en mirar más allá y avizorar estas interconexiones.

 

Innumerables contribuciones se han estado gestando en el último siglo desde el pensamiento crítico y la ecología política para caracterizar esta etapa y buscar alternativas para transformar la sociedad y la relación con la naturaleza[18]. Pues bien, hoy estamos ante una realidad que nos obliga a aterrizar estas propuestas fruto de reflexiones y experiencias políticas con una historicidad concreta. Como nunca los conceptos y posibilidades –transición, decrecimiento, desglobalización, bienes comunes, ecofeminismo– pueden convertirse en horizontes posibles.

 

La crisis del coronavirus ha reposicionado los debates de la transición y la transformación social ecológica y la necesidad de una subjetividad y una acción política creativa para esta transformación. Ha reactualizado los debates globales sobre los límites del crecimiento y puesto en vigencia los debates del pensamiento crítico como el Ecofeminismo, el Buen Vivir, los derechos de la Naturaleza, las sociedades del decrecimiento, los bienes comunes y su relación con los bienes públicos[19]. Claves indispensables para articular caminos hacia la transformación.

 

La centralidad del cuidado, que se ha manifestado en todo el sentido de la palabra, debe ser abordado desde su complejidad y con una postura crítica sobre las condiciones de domino patriarcal en que se da actualmente para arrancarlo del “cercamiento” a que está sometido. Su contribución visibilizada –que podría representar entre 24% al 66% de la economía[20]– puede proporcionar bases para una reformulación de las prioridades en la organización de la economía y de la sociedad. En la medida en que sea abordado con justicia y esté conectado al cuidado de la Naturaleza, a la gestión del bien común, a las dinámicas de decrecimiento y transformación socioeconómica, podrá proporcionarnos valiosas pistas para reproducir tejido social, enriquecer y evolucionar en “la comunidad de la vida” en la que se insiste desde la propuesta ecofeminista.

 

El paradigma holístico de la interdependencia nos proporciona hoy las bases para encarar este desafío de transformación desde y hacia la vida cotidiana; un ethos de la colaboración en el tiempo de las cosas pequeñas, el tiempo de volver a tejer territorio y comunidad humana. Es tiempo de “ecologizar” un mundo que ha traspasado los límites de la naturaleza y precisa ser sanado integrando muchos mundos… como el “Pluriverso” para el postdesarrollo que propone Alberto Acosta, dirección en la que miles de activistas, pensadoras y pensadores se han posicionado para imaginar un futuro posible[21].

 

Preguntas en el tintero

 

Algunos análisis advierten que tal vez se podría “aplanar la curva” del coronavirus en dos años si se toman medidas radicales de “aislamiento social”, con periodos de cuarentenas inéditas para lograr no solo la contención de la pandemia sino la mitigación y su eliminación (Gideon Lichfield, 2020) (Hubert, 22 Marzo, 2020)[22]. Otros afirman que estamos apenas en el pico de un iceberg y que podríamos enfrentar otros episodios similares debido a los cambios globales entre los que se cuentan la pérdida de biodiversidad y el cambio climático como vectores críticos de una disrupción a gran escala.

 

¿Cómo se sostendrán estas medidas de confinamiento prolongado y al mismo tiempo asegurar la vida, la democracia y la libertad de acción política? ¿Cómo se abastecerán las poblaciones de alimentos, servicios, salud, agua, saneamiento respetando los derechos de las personas que trabajan en estas áreas? ¿Cómo se tomarán las decisiones para gestionar las ciudades, los pueblos, las comunidades?

 

¿Cómo se plantea esta realidad en contextos como América Latina, India, Asia o África donde los confinamientos no son posibles como los imagina occidente moderno? ¿Cómo se tomarán las decisiones para la necesaria transformación de la economía, las matrices energéticas y productivas?

 

La reflexión sobre democracia es central. Estamos en un tiempo en que se están restringiendo los espacios de interacción y de tejido social de manera dramática no sólo excluyendo la participación de los pueblos. Se está reconfigurando el espacio público callejero hacia un espacio público virtual; un cotidiano reformulado que da paso a la reestructuración de los actores sociales y del inconsciente colectivo; el espacio virtual aislado –aunque tiene un potencial de articulación– puede crear subjetividades políticas fragmentadas y enfrascarnos en una dinámica en la que el abismo seduce más que la posibilidad de cambiar el mundo.

 

¿Como garantizaremos la democracia? ¿Cuál es el “estado de derecho” que queremos restituir? Pero además, ¿esta democracia no es ya obsoleta? ¿acaso no se ha demostrado incapaz de recoger la tradición deliberativa de las comunidades, de las mujeres? Y… ¿Cómo se incluyen a los seres de la naturaleza, al mundo no humano, a la Naturaleza misma como “sujeto de derechos”?

 

La reinvención de la acción colectiva para interpelar al sistema y exigir derechos tiene que encontrar su cauce recogiendo el hilo de las rebeliones sociales de las últimas décadas que han cuestionado el despojo ecológico, el patriarcado y la injusticia social, sabiendo que estamos ante estos complejos desafíos frente a las estructuras renovadas del poder.

 

Si queremos que las sociedades humanas no sólo sobrevivan, sino que prosperen en su cualidad comunitaria y de pertenencia a la naturaleza, debemos enfrentar éstos y otros obstáculos en el camino de recuperar las bases éticas de la alteridad y la ecodependencia ante la racionalidad capitalista moderna. Para tejer una comunidad que sepa cultivar la esperanza desde la incertidumbre y la certeza, así como se cuida la semilla de un nuevo fruto.

 

Abril, 2020

 

- Elizabeth Peredo Beltrán, Trenzando Ilusiones - Bolivia

 

 

[1] Moore, Jason W., Anthropocene or Capitalocene? (2015) https://www.versobooks.com/blogs/2360-jason-w-moore-anthropocene-or-capitalocene;  El antropoceno como diagnóstico y paradigma, Lecturas Latinoamericanas. Utopía y Praxis Latinoamericana Nº84, Univ. de Zulia, 2019, Venezuela. http://produccioncientificaluz.org/index.php/utopia/issue/view/2705

[2] Analysis: coronavirus temporarily reduced China’s emissions by a quarter https://www.carbonbrief.org/analysis-coronavirus-has-temporarily-reduced-chinas-co2-emissions-by-a-quarter

[3] Zizek consideró que el Covid-19 es un golpe final al Capitalismo “al estilo Kill Bill” https://actualidad.rt.com/actualidad/344511-slavoj-zizek-coronavirus-golpe-capitalismo-kill-bill-reinventar-comunismo , Enrique Dussel, avizora el fin de la era capitalista. http://www.coha.org/cuando-la-naturaleza-jaquea-a-la-orgullosa-modernidad/

[5] Butler, J. Vida Precaria: el poder del duelo y la violencia, 2006, Paidos, Bs.As.

[6] Para esto recomiendo el trabajo recopilado por Buxton y Hayes (2015) sobre las dinámicas de protección corporativa y militar frente a la emergencia del cambio climático: “The secured and the dispossessed: how the military and corporations are shaping a climate-changed world” https://www.tni.org/en/publication/the-secure-and-the-dispossessed

[7] Azan, G, Aguiton, Ch.,et all. “La reubicación ya no es una opción sino una necesidad para la sobrevivencia de los sistemas económicos y sociales”. Attac, 22/3/2020 https://france.attac.org/actus-et-medias/dans-les-medias/article/relocaliser-n-est-plus-une-option-mais-une-condition-de-survie-de-nos-systemes

[8] Svampa, M., Reflexiones para un mundo post coronavirus. Nueva Sociedad. Abril 2020. BsAs. https://www.nuso.org/articulo/reflexiones-para-un-mundo-post-coronavirus/

[9] López, X. Leviathan in interiore Green New Deal. Nov. 2019. La U (Revista de cultura y pensamiento) https://la-u.org/leviathan-in-interiore-green-new-deal/

[10] Klein, N. (2007) “La doctrina del Shock: El auge del capitalismo del desastre” Paidós. Buenos Aires.

[11] Terán M. Emiliano. El coronavirus mas allá del coronavirus: umbrales biopolítica y emergencias. Marzo 31 2020. Caracas, Venezuela. https://oplas.org/sitio/2020/03/31/emiliano-teran-mantovani-el-coronavirus-mas-alla-del-coronavirus-umbrales-biopolitica-y-emergencias/

[13] Ribeiro, S. Los hacendados de la pandemia. Grupo ETC 2020: “En México vimos como se originó la gripe porcina en 2009, a la cual le pusieron el aséptico nombre de Gripe A H1N1, para desvincularla de su puerco origen. Originó en la fábrica de cerdos llamada Granjas Carroll, en Veracruz, entonces co-propiedad de Smithfield, la mayor productora de carne a nivel global. Smithfield fue comprada en 2013 por una subsidiaria de la mega empresa china WH Group, actualmente la mayor productora de carne porcina del mundo, ocupando el primer lugar en ese rubro en China, Estados Unidos y varios países europeos.” http://www.biodiversidadla.org/Recomendamos/El-sueno-de-la-razon-Los-hacendados-de-la-pandemia?fbclid=IwAR1GJiA3h_G4eeWfffpY5znPDgYXm1c7eKNQZ1RHnodg3EF23cHZMr63Q98

[14] Boris Cyrulnik, filósofo, psicólogo y psicoanalista francés, creador del concepto psicosocial de resilencia concibe el oxímoron, figura retórica que junta dos conceptos antagónicos para crear uno nuevo, como figura base de las posibilidades creativas de los seres humanos frente al sufrimiento.

[15] Escobar A. (2016) Sentirpensar la tierra: Las luchas territoriales y su dimensión ontológica en las Epistemologías del Sur. AIBR, Revista de Antropología Iberoamericana. Vol 11 Nº1. Madrid.

[16] La filósofa y teóloga feminista Ivone Guebara (Brazil) habla de “cuerpo territorio” recuperando no solo la resistencia comunitaria y femenina de los territorios frente al extractivismo en América Latina sino en el sentido de “nuestro cuerpo” “nuestro primer territorio” frente al poder ideológico del capitalismo y su dominio sobre los deseos mediante el mercado.

[17] Peredo, E., Un mundo frontera: reflexiones en tiempos del antropoceno. Systemic Alternatives, 2019 https://systemicalternatives.org/2019/09/01/un-mundo-frontera-reflexiones-en-tiempos-del-antropoceno/

[18] La recopilación publicada como Alternativas Sistémicas por la Fundación Solón en Bolivia, con una edición en francés “Le monde qui emerge” publicada por ATTAC (2016) son contribuciones pertinentes en este momento. https://systemicalternatives.org/2017/03/10/book-systemic-alternatives/

[19] Dardot, P. y Lavalle, Ch. Lo común, ¿un principio revolucionario para el S. XXI?, entrevista realizada por P.Cingolani y A.Fjeld, en Reinvenciones de lo común/Revista de Estudios Sociales  Nº70, Octubre de 2019. 

[20] Duran Heras. MA. (2012) El trabajo no remunerado en la economía global. BBVA, Bilbao.

[21] Pluriverso-Un diccionario del postdesarrollo. Kothari, A., Escobar, A., Salleh,A., Acosta, A.; Icaria, 2019, Barcelona.

[22] Lichfeld, G. We are not going back to normal, MIT Technology Review, 2020. https://www.technologyreview.com/s/615370/coronavirus-pandemic-social-distancing-18-months

Hubert, T. El Martillo y la danza: Como serán los próximos meses si nuestros líderes ganan tiempo https://medium.com/tomas-pueyo/coronavirus-el-martillo-y-la-danza-32abc4dd4ebb

https://www.alainet.org/es/articulo/206984

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