El legado de Correa y la estrategia geopolítica de los Estados Unidos

21/02/2017
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  • Análisis
 rafael correa
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Estas líneas vienen cargadas con el peso de las circunstancias. No hay nada más verdadero que las palabras que fluyen en medio de la política urgente; con frases más o menos bien hilvanadas estamos construyendo verdad histórica, o sea verdad política.

 

Las ciencias sociales, tan almidonadas como gustan estar de la neutralidad académica, no son incompatibles con la construcción intersubjetiva de la verdad, siempre parcial y no definitiva. No estamos tentados por la deshonestidad de la neutralidad, el mentiroso manto protector de toda ideología. No existe independencia o soberanía, entendida como una posible y probable capacidad de autonomía en un sistema-mundo asimétrico, desigual, jerárquico e interdependiente, más que dentro de los marcos geopolíticos de la Patria Grande.

 

La integración sirve siempre y cuando sume, al decir de Aldo Ferrer, densidad nacional. Y qué mejor citar a Juan Domingo Perón, al generar una política del continentalismo que conduzca a la unidad de América del sur como primer paso.

 

Los movimientos, partidos o gobiernos que se llaman "progresistas" o “socialismos del siglo XXI” remiten a movimientos nacionales y populares que son una actualización residual de los clásicos grandes movimientos o partidos de las décadas del 40 o 50 del siglo XX.

 

Estos movimientos y partidos nacionales populares nacidos en el post Consenso de Washington se aglutinaron alrededor de un caudillo, plantearon programas de inclusión social luego de la década neoliberal de los 90, buscaron la industrialización  (y quedaron a mitad de camino, cerca de una reprimarización  de la economía), levantaron las banderas de la movilización social y de la democracia participativa y avanzaron en procesos de integración ensambĺando el Mercosur, la Unasur y la Celac.

 

No parece que haya un triunfo de las derechas simplemente porque se constata un retroceso de las izquierdas. Esta repetición de un axioma vulgar y dogmático de ciertos intelectuales y políticos europeos sigue sin entender la cuestión de fondo, la cuestión nacional latinoamericana irresuelta o inconclusa. Aquellos que tanto gustan hacer de la política un ejercicio matemático de sumas y restas electorales creen que han llegado para quedarse, cuando aún falta resolver si realmente llegaron.

 

Las izquierdas, entre ellas Correa, levantaron ciertos grados de culto a la personalidad, faltó una planificación sistemática de políticas integrales (al contrario de los movimientos nacionales populares clásicos, verdaderos Estados planificadores como el peronismo clásico o Vargas en Brasil), faltó la articulación de una política educativa y cultural de fondo que genere una ciudadanía común  (sigue sin haber reconocimiento de títulos) y faltó resolver en plenitud una geopolítica de infraestructuras. Hubo una sobredosis de discurso más que de acciones estratégicas (el Banco del Sur nunca se concretó) que significó una sumatoria encadenada de debilidades. La muerte de Hugo Chávez, el gran propulsor de esta etapa, profundizó la debilidad. La corrupción extendida dinamitó las mayorías electorales, justo cuando Estados Unidos logra imponer la transparencia como mecanismo de alineamiento sumiso. Como si la política fuera una tarea de ángeles y no de decisores.

 

Tras la derrota del ALCA en Mar del Plata, Estados Unidos repensó la estrategia. Construyó la Alianza del Pacífico, resucitó los acuerdos bilaterales y logró que por primera vez en la historia la derecha llegara al poder por vía electoral. El impensado Mauricio Macri, más por errores del peronismo que por atributos propios, es presidente en Argentina. En Brasil asume Temer montado sobre un golpe de Estado y América Latina retrocede casi sin librar batalla. Ellos no tuvieron muchos aciertos, nosotros cometimos muchos errores.

 

En Ecuador, el largo legado de Correa es claramente significativo. Un poco más allá, en América Latina, su país y su pueblo obtuvieron autoestima, inclusión social, una reforma educativa, una política de seguridad ciudadana y una apuesta a la integración.

 

Ecuador era un país institucionalmente decrépito, el presidente cambiaba constantemente y hasta perdió la soberanía monetaria. No había autoridad que pudiera recuperar la identidad ecuatoriana del país ubicado en la mitad del mundo. Por todo el cambio logrado el balance de la historia reservará para Rafael Correa un lugar preponderante. 

 

Pero todo cambio produce al mismo tiempo resistencia e inercia. En ese balance inestable entre avance y permanencia, los cuerpos tienden a estancarse. Aunque el fin de la historia fue una hipótesis llamativa en su momento, sólo figuró en la cabeza de Fukuyama. Los latinoamericanos creímos en la calidad de esa mercadería barata, pero lo cierto es que la historia nunca se detiene, sencillamente no puede.

 

Lo que sucede en Ecuador tiene un origen lejano en las pretensiones hegemónicas de Estados Unidos. Comprender el itinerario geopolítico de la República Imperial, tal como la definió  Raymond Aron, va más allá de los modos y caprichos aparentes de Donald Trump. Aunque golpeado y malherido, el león americano sigue rugiendo.

 

La política exterior de Estados Unidos se instrumentó en sucesivas etapas conocidas como "doctrinas" o "estrategias" de seguridad.

 

1. George Washington pronuncia su discurso de despedida en 1792. Allí elabora la doctrina del aislacionismo, que consistía en comerciar con el mundo tras una primera etapa de proteccionismo, evitando entrar en disputas con el equilibrio de poder europeo.

 

2. La Doctrina Monroe fue una declaración unilateral que buscaba garantizar una América hispánica ubicada dentro de su ámbito geopolítico interno, el patio trasero. Nace como una postura opuesta al pensamiento bolivariano plasmado en el Congreso de Panamá de 1826, anteriormente expresado en el discurso de Angostura de 1819.

 

3. La Doctrina del "Destino Manifiesto", utilizada por primera vez por el periodista norteamericano John Sullivan en 1838, afirmaba que Estados Unidos era el pueblo destinado por la Providencia para regir los destinos de la humanidad. Así Estados Unidos se convierte en una ideología fundamentalista, una teología de la historia.

 

4. La Doctrina Mahan, luego de la unificación territorial bioceánica, para la cual tuvo importancia la obra geopolítica de Frederik Turner, "La frontera en la historia americana". Estados Unidos ya deja atrás la conquista del oeste y los cowboys y se dedica a los marines y los océanos. Es el almirante Alfred Mahan quién planifica la proyección al mar Caribe y al Océano Pacífico.

 

5. La Doctrina Spykman. Nicholas Spykman es el pensador geopolítico de la Segunda Guerra Mundial con su obra "Estados Unidos frente al mundo", heredera de la tradición del geopolítico inglés  Harlford Mackinder. La cuestión era controlar, a partir de los bordes o rimlands a Japón e Inglaterra, al pivote de la tierra, Eurasia, y aniquilar a América Latina.

 

En esta etapa, Estados Unidos ya era una potencia hemisférica (desde principios del siglo XX), una potencia atlántica (con la segunda guerra mundial) y una potencia pacífica (en la posguerra).

 

6. La Doctrina de la Contención fue impulsada por el demócrata Harry Truman, aunque el verdadero ideólogo fue el diplomático George Kennan. La finalidad era contener a la Unión Soviética. La OTAN fue la expresión institucional de esta estrategia a nivel global y la Doctrina de Seguridad Nacional fue el correlato latinoamericano de combate al comunismo, con dictaduras militares y represión sistemática.

 

7. La estrategia globalista de ampliación de mercados fue liderada en los años 90s por el sonriente Bill Clinton. Consistía en generar zonas de libre comercio como el Nafta y su ampliación al Alca, que fracasó en Mar del Plata. También buscaba instalar un sistema de libre mercado en Rusia a través del debilitado Boris Yeltsin.

 

8. La Estrategia de Guerra Preventiva o anticipatoria de George W. Bush tras los atentados a las Torres Gemelas buscaba llevar la lucha contra el terrorismo anticipando cualquier agresión en cualquier espacio geográfico, una estrategia de guerra permanente que aún continúa.

 

Estados Unidos está inmerso en una profunda crisis, hegemónica y comercial. Su hipótesis de conflicto es el pivote Asia-Pacífico y la tríada China-Rusia-Irán, aunque sus amenazas se lanzan sobre su no tan débil vecino mexicano. Sea como fuera, Estados Unidos busca recuperar una hegemonía definitivamente perdida.

 

El problema de Estados Unidos está adentro, aunque busque la solución afuera, comportamiento típico de las potencias asediadas. Y aunque las derechas locales, desde Macri hasta Lasso, sueñan con las migajas que caen de la mesa americana, Estados Unidos no los dejará entrar al banquete. El panorama internacional no auspicia revoluciones socialistas, pero menos aún promueve alineamientos globalizados. Si Hillary Clinton perdió las elecciones, el neoliberalismo perdió el piso.

 

El aislacionismo, el proteccionismo y la xenofobia buscan resucitar el sueño de levantarse sobre sus propios pies y caminar sus propios pasos, algo que Estados Unidos en verdad nunca ha hecho. La mitología fundadora de los Padres Peregrinos y su ascetismo calvinista a bordo del Mayflower en 1620 tiene las características fabulosas de todo relato iniciático. Pero la decadencia cultural americana no resiste ni la supervivencia de sus mitos fundacionales.

 

Estados Unidos no puede responder la gran pregunta de Samuel Huntington, ¿Quiénes somos? Ecuador, gracias a la ardua tarea de reconstrucción significativa de la identidad, sabe ahora mejor que antes ‘Quiénes Somos’.

 

América Latina sabe que es estratégicamente relevante, ha dado algunos pasos institucionalizados hacia la integración, se ha conservado como la zona de paz más grande del mundo, conserva aún su renta geopolítica de biodiversidad, alimentos, agua y energía.

 

Falta avanzar, necesita no retroceder. Los que siempre fueron autoritarios, ahora predican democracia; los que construyeron democracia popular ahora parecen autoritarios. Unos tienen problemas, pero los otros no tienen soluciones.

 

Estas son las reflexiones que nos merecen el legado de Rafael Correa, positivas porque sirven para seguir reconstruyendo el camino estratégico de la política. Su lucha ha valido la pena.

 

Miguel Ángel Barrios

Doctor en educación    

Doctor en ciencia política 

Autor de más de quince obras de política latinoamericana de reconocida referencia bibliográfica.

Inauguró en Ecuador, por invitación oficial, el Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad de las Fuerzas Armadas, con la clase magistral "Geopolítica de América del Sur".

 

Norberto Emmerich

Doctor en ciencia política

Autor de varios libros sobre narcotráfico y seguridad

Fue decano del Centro de Seguridad y Defensa del Instituto de Altos Estudios Nacionales, Quito, Ecuador.

 

https://www.alainet.org/es/articulo/183669
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