Integración: La clave es la comunicación

30/11/2006
  • Español
  • English
  • Français
  • Deutsch
  • Português
  • Opinión
-A +A

Por más que, de un buen tiempo a esta parte, el tema integración se ha tornado recurrente, poco o nada ha modificado la figura de que siendo tan próximos –con una geografía e historia comunes de por medio-, permanecemos distantes y ajenos, pues seguimos mirándonos con ojos de extranjeros que nos impiden conocernos y reconocernos.

Más allá de la falta de voluntad política que ha caracterizado a los fragmentados procesos integracionistas, en tal situación pesa el hecho de que prácticamente no se ha considerado la importancia de la comunicación en tanto factor articulador clave para el reencuentro y la solidaridad de las nacionalidades involucradas, que implica el reconocimiento de un destino común por encima de rivalidades reales o forjadas.  En los planes oficiales se suele reducir la comunicación a relaciones públicas o marketing, y en el mejor de los casos a la transmisión de información.

La historia de América Latina y el Caribe se presenta marcada por el “divide para reinar” implementado por los colonialistas de ayer y del presente para imponer su dominio, tanto por las armas como por el discurso.  De ahí que el lenguaje del colonizador, mediado por las elites criollas, ha logrado que en el imaginario colectivo de nuestros países sea común la sospecha, la descalificación, la rivalidad, cuando no la enemistad, frente a los vecinos, o bien la indiferencia y el desconocimiento respecto a los más distantes.

Últimamente, estas elites, con la mirada fija en el norte, sistemáticamente han pregonado que no tiene sentido mirar a los lados porque tan solo conlleva a juntar nuestras pobrezas para retroceder, cuando de lo que se trata es de no perder el tren que va en dirección al primer mundo, acatando los dictados de éste –en el círculo vicioso que mantiene la dependencia económica, política, social y cultural-.

En esta dinámica pesa cada vez más el sistema de información y comunicación del establecimiento –por la creciente importancia de este sector-, conformado precisamente bajo los parámetros de subordinación y dependencia.  Es así, por ejemplo, que la información que recibimos de los demás países de la región (y del mundo en general) proviene de agencias de prensa y medios masivos transnacionales.  Y no se diga de la programación que vehicula la “industria del entretenimiento”, bajo predominio made in USA.

Desequilibrios

Hace 26 años esta realidad fue develada muy documentadamente en el Informe MacBride (Un solo mundo, voces múltiples), la herencia más significativa del proyecto del Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación (NOMIC) que tuvo como epicentro la UNESCO.  Vale recordar que este proyecto básicamente colocó sobre el tapete seis aspectos cruciales y las debidas respuestas alternativas: los desequilibrios y desigualdades existentes en el mundo de la información y comunicación; los efectos negativos de los monopolios y de la concentración excesiva; los obstáculos internos y externos a una circulación libre y para una difusión más amplia y mejor equilibrada; el reconocimiento de la identidad cultural y el derecho de cada nación a la opinión pública mundial sobre sus intereses, sus aspiraciones y sus valores sociales y culturales; el derecho de todos los pueblos a participar en los intercambios internacionales de información, sobre la base de la equidad, la justicia y su interés mutuo; y el derecho del público, de grupos étnicos y sociales, y de los individuos, a acceder a las fuentes de información y a participar activamente en los procesos de la comunicación.

Este breve recordatorio es para destacar la urgencia de reactivar y actualizar el debate que animó al NOMIC –por las implicaciones nacionales y regionales-, debido a que los desequilibrios señalados entonces no solo que se mantienen sino que se han profundizado por la implantación de políticas de liberalización y desregulación, sobre todo en materia de telecomunicaciones, orientadas a eliminar cualquier regulación o espacio estatal que pudiera interponerse a la expansión transnacional y a sus dinámicas de concentración.

En este escenario, los grandes medios de comunicación domésticos, consciente o inconcientemente, han perdido los papeles en materia de integración.  En un estudio sobre el tema,
María Nazareth Ferreira constata: “La actuación de los media continúa siendo uno de los grandes obstáculos para la integración de América Latina: el sistema instalado en el cuadro de la modernización de la región tenía como principal objetivo integrar los pueblos en proyectos de educación formal y no formal, en políticas de comunicación de los diferentes gobiernos, cuya principal función ha sido desinformar y alienar, a través de la manipulación y la distorsión de la información sobre y para América Latina.  Otro sería el resultado de las tentativas de unidad e integración de la región si América Latina pudiese contar con TV, radio y periódicos progresistas, autónomos, con agencias de información y de noticias, en fin, todo el complejo que componen los modernos media, a servicio de la información y concientización de sus problemas internos.  Si fuese posible revertir la participación de los media, la tarea de la integración se vería facilitada”[1].

Agenda a construir

Los procesos de integración en curso prácticamente se han circunscrito a gobiernos y empresarios.  Pero parecería que se abren nuevos rumbos por los cambios que registra el mapa político en la región, en cierto sentido inédito, por la presencia de mandatarios que en mayor o menor medida  proclaman autonomía respecto a la agenda trazada desde Washington, en tanto han sido apuntalados por movimientos sociales, quienes justamente vienen reconstituyendo su tejido organizativo –agredido por las dictaduras y las políticas neoliberales- para salir de la invisibilidad y proyectarse políticamente.

En efecto, la Cumbre de Cochabamba abre una nueva página por la atención que ha dado el Presidente anfitrión a la participación de los movimientos sociales, en la perspectiva de una integración basada en la solidaridad y la cooperación, respeto por la autodeterminación de los pueblos y la soberanía.

En este marco, es desafío de los movimientos sociales insistir para que este proceso de integración potencie el diálogo y, consecuentemente, habilite los canales y espacios de reencuentro y fraternidad entre pueblos.  Vale decir, para que contemple seriamente la cultura y la comunicación en tanto dimensiones para avanzar en el entendimiento solidario y fraterno que es indispensable para romper con la historia de subordinación y dependencia.

En este sentido, se impone el reconocimiento y valorización de los aportes de las sociedades y sus expresiones organizadas para propiciar acercamientos y estrechar lazos de solidaridad entre pares, que es lo que realmente está permitiendo el gran reencuentro de nuestros pueblos.  Y, por tanto, los aportes de las sinergias de las redes sociales y ciudadanas con las redes de comunicación.

Ante la importancia adquirida por la comunicación en el mundo contemporáneo, es un imperativo democrático y ciudadano que este proceso coloque como uno de sus fundamentos constitutivos el Derecho a la Comunicación, estableciendo a la par el compromiso de las partes para adoptar políticas públicas sustentadas en mecanismos democráticos de control social, que permitan articular la dimensión local, regional y nacional con la integración, para contrarrestar los esquemas de desregulación impulsados por los procesos de transnacionalización y concentración monopólica.  De esta manera, se podrán establecer reglas del juego claras y acordes con los intereses colectivos que, entre otras, demandan apoyo a la producción, distribución e intercambio endógenos y la protección de la riqueza de la diversidad cultural que caracteriza la región.

En esta línea, igualmente se torna indispensable formular una estrategia de cooperación específica para los ámbitos de la información, comunicación, cultura y conocimiento, contemplando acuerdos para potenciar las redes regionales de información y comunicación pública y ciudadanas, con un sentido de equidad respecto a los medios de comunicación.

Cabe destacar que en esta perspectiva existen indicios de avances, como es la creación de la Nueva Televisión del Sur, más conocida como Telesur, cuyo objetivo, según anota su director general, Aram Aharonian, “es el desarrollo y la puesta en funcionamiento de una estrategia comunicacional televisiva hemisférica de alcance mundial que impulse y consolide los procesos de cambio y la integración regional, como herramienta de la batalla de las ideas contra el proceso hegemónico de globalización”[2].  La prematura ofensiva que se desencadenó contra esta iniciativa, antes de salir al aire, es un claro indicio de que en este frente no habrá tregua alguna.

Pero también existe un importante proceso integrador animado por una serie de expresiones sociales y ciudadanas que, confrontando al imperio del libre mercado, postulan que “otra comunicación es posible”.  De ese empeño hacen parte redes y coordinaciones de agencias y medios de comunicación alternativa, de radios y TVs comunitarias y regionales, de blogs y sitios de Internet, de video y cine social, de observatorios de medios, etc.  Un sector estratégico para el cambio y la integración -en tanto alientan procesos participativos que permiten forjar ciudadanía y la apropiación de la comunicación como un derecho-, que, sin embargo no es contemplado en los planes oficiales.

Igualmente destaca la acción que vienen impulsando los gremios de periodistas con vocación integracionista como parte de sus luchas por rescatar el carácter de servicio público de la comunicación.

Además, en el mismo sentido se inscribe el involucramiento cada vez mayor de movimientos y organizaciones sociales cuya agenda de luchas incorpora la democratización de la comunicación, reconociendo su creciente importancia estratégica, como condición fundamental que permita "equilibrar las reglas de juego" en este ámbito, a fin de poder disputar sentidos y proyectos de sociedad.

Otro componente fundamental para avanzar en esta perspectiva es el vínculo con investigadores y el mundo académico.  En el proceso por la democratización de la comunicación que tuvo como referente la propuesta del Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación (NOMIC), desde América Latina se dieron aportes muy significativos con la contribución de una amplia gama de instituciones.  Uno de los desafíos actuales es, precisamente, rearticular esa amplia infraestructura institucional, como señala el boliviano Luís Ramiro Beltrán, actor destacado en los debates del NOMIC en tanto impulsor de las Políticas Nacionales de Comunicación, proponiendo como tarea inicial la realización de “un inventario-diagnóstico de las características de la dominación y dependencia en materia de comunicación en la era de la Sociedad de la Información” y la reactualización de las políticas públicas a partir de las propuestas conceptuales expresadas[3].

Parafraseando la proclama “sin democratización de la comunicación, no habrá democracia”, ahora podemos decir que un proceso de integración que no se sustente en la democratización de la comunicación podrá ser cualquier cosa, menos de integración.

Las TIC: un tema estratégico

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) constituyen una de las áreas estratégicas de la integración regional, tanto para agilizar la intercomunicación entre países y pueblos, como por su potencial de desarrollo económico y sociocultural.

En la actualidad, la mayoría de los países de la región dejan en manos de inversionistas extranjeros, bajo el modelo de mercado, el desarrollo de las telecomunicaciones y acceso a Internet.  Si bien se ha mejorado la comunicación en las ciudades, quedan rezagadas las zonas rurales y apartadas, y los costos siguen siendo más altos que en el Norte.  Los gobiernos han dado, hasta ahora, poca prioridad al desarrollo de políticas regionales soberanas en la materia.  Los proyectos IIRSA hacen mención de la infraestructura de telecomunicaciones, pero aparentemente bajo el mismo modelo de inversión transnacional.  Sería importante ampliar las redes de fibra óptica (más baratas que las satelitales), bajo criterios y control regional.  El Plan Regional E-Lac 2007 (adoptado en 2005 en el marco de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información) habla de crear puntos de acceso a Internet (NAP) y servidores raíz, dentro de la región, que generaría mayor autonomía.

Otros aspectos clave de cooperación podrían ser el desarrollo de contenidos y de programas de software libre, la investigación, la formación, la homologación de sistemas de telefonía celular y de televisión digital, y la defensa de posturas comunes para negociar en foros internacionales sobre telecomunicaciones o Internet, entre otros.


Osvaldo León es director de la revista América Latina en Movimiento - ALAI

- NDLR Este artículo forma parte de la edición especial de la revista América Latina en Movimiento  (Nº 414 – 415) que circulará próximamente referida al tema de la integración latinoamericana.



[1] Ferreira, María Nazareth (1995). A comunicação (Des) Integradora na América Latina: Os Contrastes do Neoliberalismo, Edicon-Cebela, São Paulo (pp. 44-45)

[2] Aharonian, Aram (2005).  “Telesur, el añejo sueño de la integración comunicacional”, América Latina en Movimiento, Nos. 399-400, ALAI, Quito, 12 septiembre (p. 33).

[3] Intervención del autor en el IX Congreso Iberoamericano de Comunicación, Sevilla, 15 noviembre 2006.

https://www.alainet.org/es/articulo/118469
Suscribirse a America Latina en Movimiento - RSS